Violeta aprendió a caminar cuando apenas tenía 9 meses. Como siempre, temprano a su edad, como si fuese una niña genio que a los pocos meses de vida ya pasaba como una sombra por el pasillo de frías baldosas. Al año y medio ya se escapaba de la cuna por la noche y salía a dar un paseo tardío por la galería. Antes de cumplir dos años charlaba con las ancianas en la plaza, y le gustaba correr a las palomas para verlas volar asustadas. Alejándose de ella.Si, Violeta siempre disfrutó viendo como la gente se va y ella queda. Como una masoquista, en su momento aprendió a amar esa punzada fuerte que golpea en su pecho cada vez que alguien la abandona. Se volvió parte de sí, eso de decir adiós. Le afectó por momentos. Sintió flaquear sus piernas, y humedecerse sus ojos. Lloró, gritó y pateó las paredes. Pero la gente que se va no vuelve. Ya no se quedarán mas.
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