7.10.09

Se va a llamar Violeta. Es lindo, es un nombre de princesa. Noble, tierno, suave, encantador. Violeta, con largo cabello rubio anaranjado cayendo hasta su cintura. Y ojos verdes de mirada sabia, con interminables pestañas acariciando sus mejillas cuando descanse y cierre los ojos. Y su voz lírica sacará las mejores notas, las buenas, aquellas tan agudas y complicadas.

La casona de la calle Santa Rosa se encontró, revolucionada, con que faltaban pocos días para la Navidad. Allí se daban largas fiestas en las cuales sus invitados sufrían el pesado y húmedo calor del verano porteño. La señora de la casa estaba ya limpiando a fondo los salones, pasando trapos por los muebles de algarrobo, cocinando grandes cantidades de comida y decorando el árbol de navidad. Los regalos estaban esperando abajo de la escalera, y la mesa estaba puesta. Solo faltaban tres días de arduo trabajo. Solo un poco mas, y Violeta estallaría.
Sonó una bocina abajo en la calle, que hizo que sus ojos pestañaran rápidamente y se movieran del cuadro que miraban con detenimiento. Al levantarse con parsimonia se puso los anteojos de pesdo y grueso vidrio para poder decifrar lo que las diminutas agujas de su reloj le decían. 7 en punto. Por eso comenzaba a anochecer. Por eso Violeta dormitaba sobre el sillón. La observó mientras guardaba en el bolso de corderoy las cosas de su nieta. Era frágil. Suspiraba. Seguramente soñaba con Papá Noel, que bajaba por la chimenea a traerle la muñeca que había pedido. O tal vez no. Sonrió, y alargó la mano para acariciar la suave frente de la nena, corriéndole algunos mechones de cabello anaranjado que caían, revoltosos.
-Violetita, mi amor.- ya despierta, movió la cabeza a ambos lados. ¿A quién se le ocurre despertar a semejante ángel?- Violetita, vino mamá a buscarte.
Todavía con los ojos cerrados se incorporó y estiró los bracitos para que su abuela la alze. La señora no pudo negarse. La levantó y ya habiendo juntado sus pertenencias bajó las escaleras que estaban sumidas en la oscuridad.
Minutos mas tarde, la anciana se sentaba en un escalón, todavía oliendo el perfume a almendras de la pequeña Violeta. Tan fresca y viva.
Y se quedó allí, sintiendo un vacío que nada podía volver a llenar.

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