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30.3.14

i was his, and he was mine

Pasó el peso de una pierna a la otra, inquieto. 
El piso de baldosas resquebrajadas pareció mas cerca de sus manos, como si se moviera o como si el se estuviese encogiendo. Era solo una ilusión óptica, claro.
Para no desesperar, prefirió pensar en su boca, en sus manos finas tocándolo, recorriendo su cara, en su espalda alejándose para siempre. Se dio cuenta de que se inquietaba mas aún, como si el solo pensarla lo enloqueciera a una velocidad vertiginosa. 
Cerró los ojos, procuró olvidar. Pero sus ojos llenos de vacío volvían para atormentarlo, su voz de desencanto retumbó en su cabeza.
-No vamos a hablar mas, te lo prometo.- su cara no expresaba emoción alguna, el viento hacía bailar algunos mechones de pelo delante de sus ojos y el creía que iba a morirse.
Con fuerza, intentando sacarse la piel quizás, se refregó los ojos, la cara por completo, se despeinó el pelo. Estaba desesperado, no sabía que hacer. Las últimas palabras dichas se mezclaban con las que nunca se dijeron. Las frases habladas eran un remolino dentro de su memoria. Alzó la vista al cielo.
Siempre decís que el amor es dolor. Eran las 5, y todavía no volvía. No sabía si lo haría alguna vez, tal vez ya no vivía en ese departamento antiguo del barrio de Palermo, donde se acostaron y solamente se miraron por horas, descubriéndose por primera vez. Y yo ya no te amo, solo me lastimás y yo te lastimo a vos, ¿para qué seguir con esto? De pronto era de noche, ya no sentía los pies, solo le dolía el pecho. Estaba confundido, tal vez nunca habían existido. Tal vez estaba dormido, tal vez ella era solo un invento de su cabeza. Tal vez había regresado y el no la había reconocido. Vos tampoco me querés. Y creo que nunca lo hiciste. 
Quiso llorar, como nunca antes lo había hecho. Se sentía tan culpable. Era cierto, no la amaba y nunca lo había hecho. Solo le gustaba como su boca, sus manos, su voz y hasta su espalda lo salvaban por las noches, lo alejaban de la soledad. Tal vez el tenerla cerca lo alejaba del dolor de estar con alguien que en verdad amaba. Era un hombre egoísta. No la amaba. Nunca la amó.
Se alejo, con la cabeza gacha, arrepentido. No merecía su amor. 
Se abrazó el torso, aceptando el dolor que sentía, confundido, llorando. No entendía nada. Pensó que quería verla.
Se detuvo en seco cuando una mano lo agarró del hombro y lo hizo voltearse lentamente. Sus ojos vacíos lo miraron y se llenaron de alguna clase de alegría, pudo verlo. El mismo se emocionó y sintió un calor adentro suyo que hacía meses que no sentía. Se le aclaró la cabeza en un instante, como por arte de magia. La amaba, siempre la amó y nunca dejó de hacerlo.
-Era cierto, eso de que el amor es dolor.
La abrazó y se dio cuenta de que no quería soltarla nunca más.

17.3.14

La caída

La madera crujió una vez más. Sus manos curiosas recorrieron el suelo de la habitación, palpando en busca de algo que ni siquiera sabía si existía. El otro día había creído ver un destello proveniente del parquet. Un dedo se trabó entre dos maderas, ya que había una pequeña abertura. Clavó las uñas, hizo fuerza con ambas manos, sintiendo como una gota de transpiración recorría su espalda. Nada. Entonces hizo palanca con una tabla angosta, que aunque se curvó furiosa, como quejándose por el uso que le estaban dando, logró levantar la madera del piso que tan pegada parecía estar. Un espacio oscuro y profundo se abrió ante sus ojos. Tan oscuro y tan profundo que le llamó la atención. Como el hueco era demasiado pequeño, con el mismo método de palanca fue despegando más y más tablas del piso hasta abrir un cuadrado de casi 50 centímetros de lado. Al fondo del pasadizo brillaba una lucecita blanca, titilante y llamativa. Estiró el brazo para alcanzarla y con un suspiro cayó por el agujero.
Creía que el sótano estaba al otro lado de la casa. Creía que existía una trampa, en el piso del baño de invitados, que conducía al mínimo subsuelo donde guardaban en bolsas, cajas y hasta sueltos, la ropa vieja, los adornos de navidad y unos cuantos cachivaches más. La caída fue de unos tres segundos eternos. Un piso de tierra húmeda la recibió casi de manera amable y una leve pendiente la hizo rodar unos metros hasta quedarse acostada boca arriba y con los brazos extendidos, acostumbrando sus ojos a la oscuridad y el resto de sus sentidos a ese espacio tan peculiar. Tosió, como sólo hacía cuando estaba nerviosa. Es que en realidad no había razón por la cual toser, el aire parecía más puro que en el jardín trasero.
Al levantarse, se desorientó. Perdió la noción del arriba y el abajo, la derecha y la izquierda, y hasta le costó trabajo encontrar con sus manos su rostro desencajado. Tuvo miedo de quedarse allí para siempre en la oscuridad, intentando agarrar sus propios pies. Rechazó la idea de morir, porque una vez juró con una amiga que morirían juntas de viejas. Y si ella no estaba allí para esperar la muerte unos 65 años, decidió que entonces iban a ser inmortales. En esa pérdida de conciencia se le fueron otros 5 minutos.
Quiso gritar, pero ya no salía sonido alguno de su garganta. Tal vez el golpe le quitó algunas facultades. Abrió grandes los ojos, creyendo que tal vez no era que estaba todo oscuro, si no que ella se había quedado ciega, y muy pequeña y al frente, la vio por fin. Allí estaba la luz que la hizo caer. Bueno, la luz y su curiosidad.
Pulcra, brillaba titilando por momentos y quedándose estática después. Era blanca, muy blanca entre tanto negro, y por más que se notaba que estaba a kilómetros de distancia, le hizo doler los ojos. No tuvo que pensarlo, al instante se propuso seguirla. Como una momia, caminó con los brazos al frente, escuchando nada más que sus pasos sobre la tierra, un goteo a lo lejos y su respiración exacerbada en el casi silencio absoluto.
Si bien al principio tenía dudas, miedos y preguntas, todo eso se borró con velocidad. Años de imaginarse aventuras y finalmente algo asombroso le sucedía. Caminó por horas, entusiasmada y sin pensar en el paso del tiempo ni en el dolor de sus piernas. La curiosidad que la caracterizaba, le hacía cuestionarse sobre esa lucecita que perseguía.¿De dónde viene? ¿Viene o va? ¿Será el centro del mundo? ¿Saldré en China, tal vez?
El camino era sinuoso en algunos tramos, recto en otros, pero siempre llano. Descartó entonces la idea del centro del mundo y la idea de China. Era físicamente imposible. Decidió dejar de intentar adivinar, así luego se sorprendía más con su descubrimiento. Fue alimentando así sus expectativas, sus ansias, su imaginación.
Casi sin darse cuenta, la luz había aumentado y había cambiado de forma. Era ahora algo horizontal y extraño, difícil de definir, y venía del suelo. Caminó, con el entrecejo fruncido, preguntándose sobre ese cambio abrupto. Corrió un poco, ansiosa. Allí estaba. La luz blanca se filtraba por una puerta trampa en el piso. Por primera vez en unas horas, pudo ver sus pies. Se agachó, pasó sus manos sobre esa luz cálida, parecía luz solar. Sus dedos temblorosos dieron con una manija.
De manera tonta miró hacia ambos lados en la oscuridad, como fijándose que nadie esté observando su travesura. Justo cuando un cosquilleo le empezaba en el cuello, tiró de la manija y levantó la puertita. Lo que vio, la asustó y confundió ya que era absurdamente familiar.
Un viento que vino de la nada, la empujó por el agujero. Cayó durante tres segundos eternos, y aterrizó sobre el piso de parquet de la habitación de sus padres, boca arriba, brazos extendidos. La puerta trampa del ático estaba abierta de par en par justo arriba de ella. En esa posición y con una expresión mezcla de asombro y horror en sus ojos, la encontró su mamá unas horas después

9.3.14

Mi barrio desaturado

Amaneció tarde, tardísimo en la ciudad. Parece que el sol no quería salir hoy.
Cuando finalmente los primeros rayos lumínicos golpearon los techos de mi barrio, ocurrió lo que siempre ocurre que me maravilla tanto. El primer rayo me da firmemente en los ojos y de pronto parece que veo en blanco y negro. Todos y cada uno de los colores desaparecen por unos instantes. 
Generalmente a los pocos segundos vuelvo a ver todo con normalidad, porque mis ojos se acostumbran a que ya es de día. Bueno, eso no pasó hoy.
Hoy cuando amaneció, y mis ojos chocaron con el primer rayo de sol, los colores se fugaron, el barrio se sumió en una triste y monocromática situación, y creo que nadie mas lo notó. Lo primero que atiné a hacer fue mirarme al espejo. Ahí estaba yo, con el pelo gris claro, los ojos plateados, las manos incoloras. Toda yo, como siempre, solo que toda desaturada. Abrí grande los ojos, sorprendida. Que triste verse así.
Abandoné mi casita gris, mirando las rutinas de mis vecinos. Nada parecía haber cambiado aparte de la ausencia de color y brillo. Mi barrio era el mismo, solo que opaco e insulso. La gente caminaba, regaba las plantas, hablaba entre si. Todo lo hacían como siempre lo hicieron desde que tengo memoria.
Se respiraba un aire pesado, sin embrago. Podía sentir partículas de tristeza que flotaban en el aire. Las caras de la gente asomaban indiferencia, las risas se desaturaron también, transformando en grave lo que antes era agudo, y todo lo que veía podía haberse acompañado con una melodía de violines melancólicos. 
Olí con profundidad las flores del puestito que está junto a la parada del colectivo y descubrí que también los aromas dulces se habían esfumado con ese primer rayo de sol que me dejó ciega de color. 
Era como si lo lindo del mundo se hubiese ido, dejando atrás lugares fríos, incoloros, con aroma a humedad y desolación.
El día transcurrió de manera angustiante, y cuando llegó la noche la luna emergió de manera que semejaba a un círculo que manchaba a un cielo negro y sin estrellas. No parecía ser tridimensional, solo una cicatriz redonda en una superficie infinita. Me acosté en la cama y lloré un poquito, porque necesitaba poder apreciar lo lindo de un rojo furioso, lo electrizante de un azul y hasta lo brillante molesto del amarillo.
Me levanté a eso de las 7 y abrí las persianas esperando a que amanezca.
Cuando el primer rayo de sol me golpeó en la cara, por un instante vi todo en su mas increíble esplendor. Todos los colores allí estaban, como ayer. Me emocioné, admiré lo hermoso que era mi barrio repleto de los mas brillantes tonos.
Pero a los pocos segundos el blanco y negro volvió a sumirme en la angustia. Pareciera ser que esta era mi nueva normalidad, cuando antes era lo que mas me maravillaba. Quizás pasaré el resto de mi vida buscando esos pequeños momentos al amanecer, para recordar lo que son los colores. Quizás es un aprendizaje, para valorar lo que antes no veía, lo que solo acompañaba mis días.

27.1.14

La duda

"La calle Obarrio está escondida prácticamente, entonces casi nadie notó que la casa de la esquina se desvaneció..."

22.1.13

Comeré fantasías y ensueños (II)

Me estoy metiendo en una aventura que espero exprima y explore cada rincón de mi imaginación, mi locura y mi insomio.
No busco nada mas que extraer todo aquello que dio vueltas en mi cabeza durante mi adolescencia.
No busco mas que, luego de realizar este proceso, crecer.


It's show time. Afilá el lapiz y volá.

16.11.11

La madera crujió una vez mas. Sus manos pequeñas recorrieron con curiosidad el suelo de la habitación, palpando en busca de algo que ni siquiera sabía si existía. Entonces un dedo se trabó entre dos maderas, ya que habia una pequeña abertura. Clavó las uñas, hizo fuerza con ambas manos, sintiendo como una gota de transpiración recorría su espalda. Nada. Entonces hizo palanca con una tabla angosta, que aunque se curvó furiosa, como quejándose por el uso que le estaban dando, logró levantar la madera del piso que tan pegada estaba. Un espacio oscuro y profundo se abrió ante sus ojos. Tan oscuro y tan profundo que le llamó la atención. Pero el hueco era demasiado pequeño. Entonces, on el mismo método fue despegando mas y mas tablas del piso hasta abrir un cuadrado de casi 50 centímetros de lado. Al fondo del pasadizo brillaba una lucecita blanca, titilante y llamativa. Estiró el brazo para alcanzarla y con un suspiro cayó por el agujero.

1.8.11

Volvió a mí la necesidad del relato.

Nunca le hablé a Violeta, porque siempre le tuve algo de miedo. Bueno, en realidad no se si miedo es la palabra para describirlo. Es ese sentimiento extraño que te causan algunas personas, no? Eso que te aleja, como una necesidad de correr lejos cuando la ves venir. Mirar sus ojos verdes me da escalofríos.
Rechazo. Eso es. Violeta siempre me causó rechazo. Hasta cuando era una nena, y la veía correr atolondrada por las veredas. Entonces yo corría la cortina y me enfrascaba en mi lectura. Entonces yo hacía oídos sordos a sus risas infantiles. Y agradecía (tal vez amargamente) el no tener hijos.
Y cuando creció, odiaba sus llegadas a las 6 de la mañana. Violeta alteraba la quietud de la cuadra, y mi casa, que queda justo enfrente de la casona de Santa Rosa donde ella vive, no parecia lo suficientemente segura.

9.10.09

Viviré del cuento, comeré fantasías y ensueños.

Canta alto, no la veo. Todavía sueño con ella. Ella mirando un cielo que ya no está. Ella riendo de manera infantil. Ella bajando las escaleras, haciendo mil sonidos distintos, como una orquesta. Ella, tan dispuesta. Ella, igual a mi. Y tan distinta. Con sus ojos pegados en mi nuca mientras me iba. Tal vez se le escapó una lágrima. No se, no la veo.
Dicen que está tan alta como yo, y que sus pies no tocan la tierra, porque ella no pertenece a nuestro mundo. Vuela por encima de nuestras cabezas, y su mente es un torbellino de colores y situaciones ideales, con cien músicas sonando al mismo tiempo en un bochinche infernal. Me contaron que Violeta luce muerta, como si algo le pesara dentro suyo, y yo creo que es ese mismo torbellino el que la aplasta, porque piensa demasiado. Ella, sonriéndome desde el balcón, con una muñeca atada en la espalda, y un extraño tocado de plumas amarillas sobre la cabeza.
-Tomemos un té.- dice una vocecita finita como un cascabel, dulce y amable, sincera a mas no poder. Y una mano del tamaño de mi propio dedo sería la que se aferraría de mi pantalón, para llevarme de la puerta al living, y de ahí al comedor. Juguemos tu juego Violeta; juguemos hasta que se ponga el sol y tenga que irme de tu vida, porque no soporto ser yo.

7.10.09

Se va a llamar Violeta. Es lindo, es un nombre de princesa. Noble, tierno, suave, encantador. Violeta, con largo cabello rubio anaranjado cayendo hasta su cintura. Y ojos verdes de mirada sabia, con interminables pestañas acariciando sus mejillas cuando descanse y cierre los ojos. Y su voz lírica sacará las mejores notas, las buenas, aquellas tan agudas y complicadas.

La casona de la calle Santa Rosa se encontró, revolucionada, con que faltaban pocos días para la Navidad. Allí se daban largas fiestas en las cuales sus invitados sufrían el pesado y húmedo calor del verano porteño. La señora de la casa estaba ya limpiando a fondo los salones, pasando trapos por los muebles de algarrobo, cocinando grandes cantidades de comida y decorando el árbol de navidad. Los regalos estaban esperando abajo de la escalera, y la mesa estaba puesta. Solo faltaban tres días de arduo trabajo. Solo un poco mas, y Violeta estallaría.
Sonó una bocina abajo en la calle, que hizo que sus ojos pestañaran rápidamente y se movieran del cuadro que miraban con detenimiento. Al levantarse con parsimonia se puso los anteojos de pesdo y grueso vidrio para poder decifrar lo que las diminutas agujas de su reloj le decían. 7 en punto. Por eso comenzaba a anochecer. Por eso Violeta dormitaba sobre el sillón. La observó mientras guardaba en el bolso de corderoy las cosas de su nieta. Era frágil. Suspiraba. Seguramente soñaba con Papá Noel, que bajaba por la chimenea a traerle la muñeca que había pedido. O tal vez no. Sonrió, y alargó la mano para acariciar la suave frente de la nena, corriéndole algunos mechones de cabello anaranjado que caían, revoltosos.
-Violetita, mi amor.- ya despierta, movió la cabeza a ambos lados. ¿A quién se le ocurre despertar a semejante ángel?- Violetita, vino mamá a buscarte.
Todavía con los ojos cerrados se incorporó y estiró los bracitos para que su abuela la alze. La señora no pudo negarse. La levantó y ya habiendo juntado sus pertenencias bajó las escaleras que estaban sumidas en la oscuridad.
Minutos mas tarde, la anciana se sentaba en un escalón, todavía oliendo el perfume a almendras de la pequeña Violeta. Tan fresca y viva.
Y se quedó allí, sintiendo un vacío que nada podía volver a llenar.

15.7.09

Robin es Paloma - Michael es Águila.

"Una vez, no hace demasiado tiempo, había dos pájaros, Paloma y Águila. Eran como una sola cosa, muy próximos, y hablaban larga y profundamente entre ellos. Pero un mal día se produjo una tormenta que los separó, y Paloma se fue volando sola, buscando siempre a Águila, sin encontrarla nunca.
Ahora bien, sucedió que Paloma encontró a Cuervo, y se hicieron buenos amigos. Cuervo era astuto y fuerte, y ayudaba a Paloma a vivir. Y Paloma respetaba a Cuervo, puesto que sabía hacer muchas mas cosas que ella. Pero Paloma sabía cantar, mientras que cuervo no. A menudo Cuervo le rogaba a Paloma que cantara para él, y Paloma siempre lo contentaba.
Después de haber estado juntos durante muchos días, Cuervo le contó a Paloma de un sitio nuevo y maravilloso del que había oído hablar. Quería ir, puesto que Cuervo era muy curioso, y convenció a Paloma para que fuese con él. Pero llegados allí no encontraron más que desierto. Se extraviaron y comenzaron a tener sed. Volando alto, Cuervo avistó un lago, y dijo: 'Bebamos aquí' y Paloma lo siguió.
Ahora bien, ese lago pertenecía a Serpiente, y Cuervo lo sabía. Mucho tiempo antes, Cuervo había prometido a Serpiente que le llevaría un sabroso alimento a cambio de su cascabel, puesto que Cuervo deseaba inmensamente poder hacer música, como Paloma. Pero Cuervo no quería que mataran a Paloma, puesto que la quería sinceramente. Pensaba que juntos podrían haber matado a Serpiente, y él le cogería el cascabel. En realidad, Serpiente quería comerse a Cuervo, porque encontraba que Paloma era demasiado delgada, enjunta y poco sabrosa. En resumen, cada uno quería enredar al otro.
Mientras Paloma estaba bebiendo en el lago, Cuervo esperaba a que apareciera Serpiente. Y de pronto llegó Serpiente, arrastrándose con la boca abierta, y asustó a Cuervo, y Cuervo apenas tuvo tiempo de remontar el vuelo, gritando a Paloma para que hiciera lo mismo. Pero Paloma tropezó y no consiguió volar. En lo que ni Serpiente ni Cuervo habían pensado, era en que el lago estaba envenenado, porque en el había abrevado Serpiente. Ahora bien, ella envolvió a Paloma, envenenada, con su larga cola, tratando de hacer que Cuervo se acercara. Pero Cuervo pensaba que solo no conseguiría matar a Serpiente. Y tenía miedo de que, si lo intentaba, Serpiente moridera a Paloma con sus dientes envenenados y la mataría.
De pronto, apareció Águila, aterrizando entre ellos. Águila era muy fuerte y, con toda facilidad, habría podido matar a Serpiente. Pero cuando se acercó para hacerlo, ésta apretó a Paloma con mas fuerza y dijo: 'Si te aproximas, la morderé. Mata a Cuervo y déjame su cadaver, y yo te daré a Paloma'.
Águila se volvió hacia Cuervo, y Cuervo se espantó. Dijo 'Paloma y yo somos amigos. Ella no querría que me mataras'.
Pero Serpiente dijo: 'Si Cuervo es amigo de Paloma, ¿por qué la ha traído aquí para que me la comiera?'.
Cuervo dijo: 'Eso no es verdad'. Pero Cuervo temía que Paloma se sintiera traicionada y permitiera que Águila lo matara para Serpiente.
Águila razonó un instante, luego dijo: 'Dejaré que sea Paloma quien decida si eres su amigo, Cuervo, o si debo comprar su libertad a cambio de tu muerte. Pero ésta es mi decisión: Si Paloma debiera morir, ambos moriréis'.
Cuervo y Serpiente esperaron, buscando una posibilidad de fuga, espantadísimos. Pero Paloma no hablaba, no decidía. Sofocada como estaba, comenzó a cantar. Y Águila sonrió.."

-Fragmento de "Fin de semana"-

25.12.08

Tercer café.

Te siento, mientras miro la humedad de la pared frente a mi. Estática. Sobrenatural. Cuento mis respiraciones, y las igualo a las vueltas de mi cuchara, mientras revuelvo la tercera taza de café de la tarde. Tan presente y a la vez tan distante. Me dijiste me voy, pero yo entendí me quedo para siempre.
Es ahora cuando intuyo como algo me romperá todo por dentro, haciéndome sentir frágil y vulnerable. Como porcelana. Y entonces dejo de revolver estúpidamente el líquido. La azucar está mas que disuelta. El calor se fue, dejándome un café frío y sin gusto. No te fuiste como el calor, jamás te irás. Pero basta, no puedo adelantarme a los acontecimientos futuros. Nunca se sabe, tal vez mañana me vas a dejar. O tal vez me vas a soplar la nuca de por vida.
Te siento, en la otra habitación. Derrepente vivir se hace dificil, me duele la cabeza, me mareo con facilidad. El sonido de tu música está tan fuerte, tus aromas me provocan náuseas y verte es un suplicio. Me caigo al suelo, me tapo los oídos. Escucho, con un llanto atragantado, como me gritás de nuevo que te vas. Ahí es cuando me paro, satisfecha. Y lloro. Ah, como lloro. Ahora mismo estoy llorando, reviviendo con perpetua agonía cuando me dijiste que te ibas.
Es que todavía te veo todo el tiempo. Algo me impide dejarte ir. No es que te quiera. Todo lo contrario. Deseo que te vayas para siempre.
Me harté de este café, quiero que desaparezca. Frunciendo el ceño golpeo la taza sin importarme nada. Derramo una lágrima cuando la porcelana estalla en mil pedazos, me siento vacía cuando el líquido se esparce por el piso blanco de la cocina. Río desesperada. ¡No lo veía venir! La taza eras vos, la taza era toda una vida juntos. Ahora que te rompiste, finalmente te tiro a la basura. Es cuando te me escapás de las manos grises y enfermizas, te vas para siempre. Y mi café querido, mi tercer café, ¿eran mis lágrimas? ¿Sería el café todo lo que sufrí? Con una sonrisa lunática, bastante amargada, pero feliz, pongo a hervir el agua en mi pava favorita.
Me explico suavemente a mi misma porque estaba haciendo esto.Me hago la cabeza, me repito mientras abro el armario, y revuelvo entre las cosas. Elijo la cajita de sobres que decía con sabor a durazno y mirándola con ojos nuevos, lo digo en voz alta:
-No quiero nunca mas tomar un café. No quiero acordarme de vos. Es por eso que ahora tomo té.
No me desprendí de vos todavía, lo noté ayer.
Sinceramente (?)
Mandy, mica, mel, quien seas.

1.11.08

Mateo y el Otoño.

El calor desaparecía lentamente a medida que el otoño avanzaba. Los árboles comenzaban a deshojarse, logrando que las calles del triste barrio de Buenos Aires lucieran una capa anaranjada. Los niños correteaban, pisando hojas y riendo, sin importarles el fuerte viento helado que golpeaba sus mejillas y levantaba los caprichosos restos del verano. La gente mayor caminaba rápido, sin detenerse a hablar, enfundados en abrigos de lana, bufandas y guantes, intentando cubrirse la piel lo más posible, aunque el frío era agudo, constante, y para nada cobarde. Las ventanas se hallaban cerradas, los parques vacíos y las casas con las estufas bien prendidas, porque aquel otoño se avecinaba fuerte, y poderosamente helado. Nadie veía con positivismo que el otoño significaba el "sentar cabeza" para el nuevo año que empezaba. Por que es así, nadie cuenta enero y febrero como partes del año, para los trabajadores y estudiantes, el año comienza en marzo. Al igual que el otoño.
Ah, el otoño.
No tengo recuerdos felices de la primavera pasada. Tampoco del verano, con sus aires calientes y piletas municipales demasiado concurridas. Para la gente normal, el verano se padece, no trae ningún placer y hasta llega a considerarse molesto. Pero claro, si tenés la plata suficiente te escapás a la costa. Es más, hay quienes se escapan al otro hemisferio, en busca del invierno frío. Pero no yo, yo me quedé acá, sentada en la vereda esperando algo que sabía que no iba a venir. Mis brazos abiertos, intentando abrazar la brisa finita y débil que traían los autos que pasaban por la calle empedrada. Santa Rosa. Mi calle favorita.
Esa calle siempre está vacía.
Bueno, mas ahora en otoño, porque todos odian al pobre otoño. ¿Por qué? Personalmente, creo que es perfecto. Cero calor, mas bien mucho fresco, vientos fuertes, lluvias abundantes y el paisaje mas lindo de todos. En serio, Santa Rosa la naranja, con los árboles secos y tristes y los adoquines que no se ven de lo tapados que están. El otoño me da más felicidad, sobretodo porque me siento mejor, respirando aires que no me queman la nariz.
Volviendo al tema, del Invierno no me acuerdo, sacando de lado el hermoso rostro del nuevo vecino. Llegó en Julio, el día de la independencia. Lo primero que pensé fue, ¿A quién se le ocurre mudarse en un feriado? ¿Por qué no se quedan descansando? Después me reí. Claro, todos trabajan, todos tienen obligaciones. Todos menos yo, que solo curso el último año del secundario. No hago nada, literalmente. Es por eso que ese trimestre me dediqué a soñar despierta, mirando por mi ventana el jardín trasero de los vecinos, sintiéndome la mas esúpida. ¡Puf! Observándolo de contrabando, hasta que me enteré que tenía novia. Fue mi primera decepción amorosa. Todavía me duele, muy muy muy en el fondo, y eso que no hablé ni una palabra con el. Solo fueron un par de sonrisas cruzadas, cuando ambos salíamos a sacar la basura a las 8 de la noche, o cuando yo volvía de gimnacia y el sacaba a pasear a su perro. Me parece que se llamaba Mateo, y tenía un año menos que yo. Pero, ¿qué importan las edades? Así transcurrieron mi invierno y mi primavera, sufriendo porque mi vecino Mateo de 16 años tenía novia y esa no era yo. Me recuperé -no del todo- en diciembre, cuando empezó el verano y mi cabeza se centró en odiar cada día de mi vida. Es que hablo en serio cuando digo que detesto esa estación. El sol me mata y siento que estoy enferma, me dan ganas de quedarme en la cama imaginando que tengo fiebre muy alta.
Es bastante cierto eso que dicen... Creo que el dicho es: El tiempo cura todas las heridas. O las borra, no se. La cosa es que meses mas tarde me enteré que Mateo había terminado con su noviazgo, y yo no lo busqué, porque la pasión se había esfumado como el calor del verano.
¡Si! Otoño de mi alma, volviste a mí.
Y así me veo a mi misma, sentada en el cordón de la vereda, con una taza de café con leche en la mano. Mi mamá barre el patio delantero cubierta de abrigos, y el resto de mi familia agoniza por el frío en el interior de la casa: la estufa se rompió. Yo, feliz de la vida. Le sonrío al guardia, al cartero, a un nene chiquito que aprende a andar en bicicleta, al mundo en sí. Y no sufro mas por Mateo, que me mira desde la ventana de su casa que es igual a la mía. Ahora le toca a el sufrir. Porque se dio cuenta que me ama, y que yo no le correspondo mas. ¡Encima odia el otoño!