La vida en el nuevo Milton se vivía con parsimonia, gozando cada brisa del viento, cada gota de lluvia. Cuando el sol salía despacito por el este y sobre las montañas secas, procuraba acariciar cada pedacito de tierra fértil, iluminando por completo todo aquello que merecía ser iluminado. Y cuando la luna se alzaba en el cielo sobre el manto de estrellas, parecía parte de un universo desconocido y lejano. Tan blanca, grande e imponente allí arriba suspendida.