Lo miré de lejos. Parecía retarme desde la distancia. Me susurraba entre velas y recuerdos. Que se yo, seguramente debí haber estado allí parada varios días, sopesando mi próximo movimiento. Que hacer, que decir. Y como desenvolverme; es todo un desafío. Pero el se mantenía quieto en su pose, siempre vanidoso, siempre estático (pero tan insistente). Al torcer un poco el cuello, me llegó el aroma que desprendía. Aún desde mi posición, podía apreciarlo. Tan dulce, tan llamativo a mi parecer. Eso fue, seguramente, lo que hizo que mis pies decidieran avanzar. Como en un trance, deslizándome por ese suelo frío de baldosas, caminé los que parecieron ser kilómetros.Hasta llegar a el. Él. Si, él. Porque es tan personal. Es perfecto, y en su perfección nos mata cruelmente, nos hace sufrir. Y al mismo tiempo nos alimenta.
Me paré, conmocionada a su lado. Yo al borde de un ataque de nervios, el simplemente provocador.
Vení. Aprovechate.
Y su cuerpo me convocaba, me insistía, como un imán me atraía su oscuridad. Su paz. Creo que ahí me rendí, me abandoné a mi debilidad. Y caí, gracias al fuerte poder que el tiene sobre mí. No pude evitarlo, resistirme duele como mil cuchillos sobre el corazón.
Tan suave. Purificante. Hermoso. Levantar la mano me costó varios segundos, en su prescencia todo debía ser ideal. Y al acariciarlo, el mundo se detuvo por una fracción de segundo. Me costó respirar, me costó vivir como antes. Porque me cambia, juro que me cambia tocarlo, apoyar mi mano sobre su textura, sobre su frialdad. Y una ola de felicidad, y todos los demás sentimientos que ésta conlleva, me abatió por completo. Tras una profunda respiración, ambas manos se hallaban reposando sobre él.
Y muy despacito, muy tranquila dejé que ellas bailaran sobre su piel.
Cerré los ojos cansados. Esta tarea puede ser tan desesperante, como puede ser tan especial. Me invadió la paz, descubriendo un nuevo mundo lleno de agudos y graves, de luces y oscuridad. De magia, colores, profundidad, personas, matices, sabores e imágenes.
Había domado a la bestia, aquel cuerpo de madera antigua me pertenecía, y era solo mío para apreciarlo y aprovecharlo. Y tocarlo por horas no parecía ser suficiente. Debía quedarme toda una vida sacándole aquella música suave o fuerte, triste o alegre. Nunca podría parar. El piano me absorbió, y todo lo demás se hundió en lo que antes se llamaba 'mundo real'.
1 comentario:
sos la mas linda miculi
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