Cada piedra en el camino la marqué con su nombre y el mío. En cada flor creí sentir su aroma, y en cada nube creí ver sus ojos. Caminé por varias horas marcando, oliendo, mirando. Empapándome de su ausencia, porque cuando no está lo llevo conmigo en cada pensamiento. En cada piedra, en cada nube y en cada flor. Me desligué del resto de mí. Pareciera ser que ya no soy la misma, que finalmente pude mutar. El camino tuvo algunos obstáculos, pero yo lo sorteé y aunque las piedras se hicieron mayores, mis trazos abarcaron mas y mas, escribiendo su nombre junto al mío.
Ya no veo más. Me olvidé de lo dulce que era su perfume, de la forma exacta de sus ojos. Su nombre ya no significa nada, y junto al mío queda tan mal. Pero si bien ya no es nada en mi vida, el olvido fue paulatino. Me despedí tranquila, porque sabía que el adiós tenía una razón de ser. No conocía esta razón, pero acepté que era lo suficientemente fuerte como para separarnos. Y como viejos amigos nos dimos la mano. En mi cabeza juré que algún día volvería a verlo, tal vez en otro camino, tal vez sin piedras que por la eternidad lleven nuestros nombres.
Mi cabeza enloqueció un poquito cuando entró en mi vida. Quiso apropiarse de mi cordura, de mi cuerpo, de mis palabras. Quiso cambiarme, quiso llenarme de una presencia oscura y destructiva. Fueron tiempos muy raros, porque creí que nos hacíamos bien, cuando en realidad nos hacíamos mal. Y muchas veces quise alejarme, y muchas veces me trajo de vuelta.
Fueron muchas situaciones las que ayudaron a mi cabeza a volver a la racionalidad que nunca debió perder. Fueron luchas, disgustos, golpes contra mi propio cuerpo. Por parte suya, por parte mía. Porque el aceptar sus golpes era golpearme yo misma, el desprecio por el se hizo tan grande que me odié por odiarlo. Me invadieron sentimientos destructivos y creí ser una persona que no era. Me había vuelto solícita a sus planteos, me había acostumbrado a sus maneras egocéntricas y giré al rededor suyo como si fuera mi propio sol. Finalmente, luego de mucha búsqueda de voluntad, me despedí en silencio (no merecía que le dijera siquiera adiós).
Y entonces apareció de la nada, aunque en realidad lo había estado buscando. Me atrapó en poco tiempo, con palabras y gestos románticos. Y suspiré, porque su aroma me recordó a aquel aroma que sentía en todas las flores, y sus ojos también se me aparecían en las nubes. Fuimos rápido. Muy rápido. Y fue vertiginoso.
Un buen día nuestro camino tuvo que enfrentar una bifurcación, una fuerte decisión por parte de los dos. Su dictamen fue si si si. El mío fue no. Y como nos dimos cuenta que no opinábamos igual (o al menos no en ese mismo mismo momento) el se fue tan rápido como llegó.
No se como aparecimos, ya no recuerdo quien lo hizo primero. Nuestros nombres podrían llegar a quedar bien juntos en una piedra y tus ojos tal vez se parezcan a los míos. Tal vez los veamos juntos en unas nubes que pasan atravesando el sol. Tal vez lo hagamos acostados en el pasto a la orilla del río, con las manos entrelazadas. O quizás sentados en una mesa de un bar. No lo sé. No me importa. Solo quiero ir descubriéndolo de a poco.
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